(Reseña de la Conferencia de ADÍA con Eduardo Madirolas)

La Asociación para el Diálogo Interreligioso Internacional en Aragón (ADÍA) inauguró su ciclo de conferencias «El Desierto: Lugar de Encuentro», un concepto central en la espiritualidad. El desierto, según Oseas 2:14, es el espacio al que Dios nos conduce para «hablar a nuestro corazón».

El ponente fue Eduardo Madirolas, un experto con una trayectoria singular que abarca la física, las matemáticas, la Cábala mágico-hermética de Londres (tradujo La Aurora Dorada), el esoterismo, y que culminó en su conversión al judaísmo en 1999. Actualmente, Madirolas fusiona la Cábala judía y la hermética, buscando un camino universal hacia la iluminación.

Madirolas rindió homenaje al cabalista zaragozano del siglo XIII, Abulafia, un visionario de la Cábala Profética. Abulafia, censurado en su tiempo, desarrolló técnicas para alcanzar el Éxtasis Místico, cuya obra solo ha visto la luz en este siglo.

El Desierto (BeMidbar): La Metáfora de la Transformación

El desierto, más que una geografía, es la metáfora del camino espiritual en el Pentateuco. Representa un estado interior de abandono de la zona de confort (simbolizada por Egipto o la esclavitud) para emprender una búsqueda interna intensa. Es un espacio de incertidumbre, soledad y purificación cuyo fin es alcanzar Canaán, la plenitud y el contacto con lo divino.

La Torá (instrucción o ley) se entiende como profecía (neguah), el reflejo directo de la Mente Divina. Los sabios la descifran mediante el método Pardés (Paraíso), que superpone cuatro niveles de interpretación:

  1. Pshat (Literal).
  2. Remes (Alegórico): La travesía del desierto como purificación.
  3. Derash (Metafísico): El Árbol de la Vida codificado.
  4. Sod (Místico): Secreto, solo experiencial.

Curiosamente, la palabra desierto, Midbar, al vocalizarse de otra manera se convierte en Medaber (habla o palabra). El camino místico exige salir del lenguaje conceptual (la noche oscura del espíritu) para escuchar la Palabra Mística o Divina en el silencio.

Secretos Cabalísticos para «Más Allá del Desierto»

Para el camino «más allá del desierto» (Achar HaMidbar), se requieren técnicas. Abulafia, por ejemplo, usaba la numerología y los acrósticos: la palabra hebrea para «rebaño» (son) es un acróstico que codifica tres técnicas de meditación (Permutación, Letras y Puntos Vocálicos).

La numerología es clave en la liberación:

  • Egipto (Mitzraim) suma 380, simbolizando dualidad y límites.
  • Canaán (Kena’an) suma 190, la mitad. El paso es de la dualidad a la unidad.

Cruzar el Mar Rojo (Yam Suf, donde Suf significa «límite») es un proceso psicológico: las fuerzas negativas del ego (el Faraón) no son castigadas, sino sumergidas en el subconsciente para ser recicladas.

El Sinaí, la Escalera de Jacob y la Lección Final

El contacto profético de Moisés en el Monte Sinaí es experimentado como fuego cerebral (la Zarza Ardiente). El constructor del Tabernáculo, Betzalel, era hábil porque sabía permutar las letras hebreas (consideradas arquetipos divinos) para transformar el cuerpo en un «cuerpo de luz», convirtiendo el tabernáculo externo en un templo interior.

El valor numérico de Sinaí es 130, el mismo que «escalera», lo que convierte a la Torá en la Escalera de Jacob que une lo terrenal con lo divino. Los 613 preceptos (248 positivos y 365 negativos) reflejan la numerología de la expresión «Dios vio que la luz era buena» y sirven para rectificar los 613 puntos de luz del alma. Estos preceptos se cumplen a menudo de forma simbólica (el sacrificio, corban, que significa «acercamiento», sustituido por la oración).

Las crisis del pueblo en el desierto (añorando Egipto, el Becerro de Oro) demuestran que los milagros no generan transformación interna. El largo peregrinaje de 40 años y sus 42 paradas están ligados al nombre de Dios de 42 letras, representando un ascenso gradual y un «yoga de transformación».

Finalmente, Moisés no entra en la Tierra Prometida. Madirolas teoriza que al ascender al monte para morir y pasar a un plano superior (la quincuagésima puerta), Moisés nos da su última lección: la Torá es universal y el lugar de la revelación no es una tierra, sino el desierto metafísico.

El Silencio Fértil

El objetivo final es trascender el lenguaje humano que divide y alcanzar el «nivel de la palabra divina» que une. La meditación propuesta al final se centra en la vibración de las tres Letras Madre del alfabeto hebreo: Shin (fuego, activo), Mem (agua, pasivo) y Aleph (aire, mediador). Mediante esta práctica, se busca la «voz de quietud silenciosa» (Elías), el vacío donde se encuentra la Presencia Divina y brota un «nuevo ser».