El mundo contemporáneo está marcado por una profunda «vaciedad existencial» que impulsa una inmensa sed espiritual. Sin embargo, esta búsqueda de trascendencia a menudo se extravía en discusiones meramente teológicas, confundiendo lo verdaderamente espiritual con un «charco» en lugar del «mar».
La Cabalá se erige como una vía anti-teológica, afirmando la imparable e inclusiva naturaleza de la luz divina. La conexión con el Infinito (Ein Sof) es un derecho inherente del alma, no un privilegio reservado. La tradición cabalística, citando al profeta Elías, subraya que un gentil justo puede alcanzar una elevación superior al sumo sacerdote, destruyendo así la idea de un monopolio espiritual: nadie requiere permiso para conectar con lo divino.
El Peligro del Monopolio y la Trinchera Ideológica
Un punto central de la reflexión es la crítica al desperdicio de energía en «debates estériles» y la destructiva necesidad humana de imponer un «monopolio de la verdad». Las disputas ideológicas o teológicas (como la llegada del Mesías) desvían la energía del Tikkun Olam (reparación del mundo) y no mejoran la conducta humana.
La metáfora de la «trinchera» o «búnker» simboliza el refugio en ideologías que, si bien ofrecen una seguridad inicial, estancan el crecimiento. Quedarse en la trinchera impide el diálogo y transforma al disidente en «enemigo». La Cabalá, por el contrario, busca demoler estos búnkeres. La auténtica unidad (monoteísmo) se manifiesta en la pluralidad de la naturaleza. Intentar imponer una verdad fragmentada es ir «contra la naturaleza cosmogónica»; la palabra «verdad» debería reservarse solo para el Infinito, ya que los humanos solo poseemos fragmentos.
La Lucha de Caín y Abel y la Idolatría de la Superficie
La excesiva velocidad social y el foco en la imagen conducen a la superficialidad, lo que se equipara a la idolatría moderna, sea el culto al automóvil o a la «nevera». La materia deja de ser un instrumento y se convierte en el fin.
Este conflicto se articula a través del arquetipo de Caín (la materia, la superficie) y Abel (la profundidad, el vacío receptivo a la luz). Caín, al sentirse desconectado, «mata» a Abel, negando lo espiritual. Sin embargo, lo espiritual es indestructible, reencarnando en Set, lo que asegura la continuación del Tikkun. Todos albergamos a nuestro Caín y Abel internos. El objetivo cabalístico es «espiritualizar la materia», dotando de sentido y profundidad a la existencia material.
El GPS Espiritual: Orden, Paciencia y el Árbol de la Vida
El camino del Tikkun es intrínsecamente difícil. La Cabalá, aunque se asemeja al «sentido común perdido», exige paciencia y un esfuerzo gradual. La búsqueda de «milagros» o soluciones rápidas es una desviación; la Cabalá no es «magia para resolver problemas con un salmo».
La Cabalá ofrece un «mapa» o «GPS» espiritual: el Árbol de la Vida, que guía el esfuerzo personal. Se advierte contra la prisa y la recepción desordenada de información (como la «canalización» sin un estudio profundo que la organice mentalmente, Biná), lo que puede causar desequilibrios del ego. Los místicos históricos, en contraste, cimentaban sus experiencias en estructuras teóricas sólidas.
El Tikkun de los Herejes: Spinoza y la Hermandad
El diálogo concluye honrando a figuras históricas consideradas «herejes», como Baruch Spinoza o Jesús de Nazaret, sugiriendo que fueron ellos quienes llevaron la sabiduría a niveles tan profundos que rompieron con la superficie idolátrica de su tiempo. Su riesgo fue acercarse a la Matriz, mientras la ortodoxia se conformaba con el status quo.
La visita a la tumba de Spinoza es simbólica de un acto de Tikkun (rectificación) y un esfuerzo por construir puentes de hermandad. El mensaje final es una llamada al diálogo entre las diferencias para evitar la intolerancia, las excomuniones y el sufrimiento histórico.