El misticismo ya no es una reserva para unos pocos: la Cábala, según el enfoque que presenta Madirolas, emerge como la solución al desencanto moderno. Se ofrece como un camino universal (compatible con cualquier creencia o su ausencia) para desarrollar una conciencia unitiva, profundamente conectada con el fundamento esencial y divino de la realidad.
Aunque «Cábala» literalmente significa «recibir» (la recepción de antiguas enseñanzas), su verdadero significado hoy es un proceso interior dinámico: la conexión consciente con la fuente divina, la raíz de nuestra alma.
Dios, Creación y la Paradoja del Vacío
El concepto cabalístico de Dios es radicalmente monista: toda la existencia está contenida en Dios (panenteísmo). La realidad que percibimos es solo una apariencia.
Para que exista algo «otro» y sea posible una relación, el Absoluto, cuya esencia es la infinitud y la súper abundancia, debe realizar un acto inicial de auto-restricción o contracción (Tzimtzum). Esta es la paradoja cósmica: la creación surge tanto por una adición (la luz que irradia) como por una sustracción (el vacío metafórico creado por la contracción divina).
El Árbol de la Vida: El Arquetipo Universal
Lo primero que emana de esta luz restringida es el Árbol de la Vida, el esquema o «ADN» de la creación. Es un autoconcepto de la Deidad y la estructura arquetípica de todo, incluido el ser humano.
Esta estructura se compone de:
- Diez Sefirot (Esferas): Los arquetipos de la mente divina.
- Veintidós Canales: Expresados por las 22 letras del alfabeto hebreo.
Las Sefirot representan energías cósmicas: desde la Unidad pura (Keter, Corona), la inteligencia de las leyes cósmicas (Hokmah y Binah, Sabiduría y Entendimiento), hasta la dualidad de la energía expansiva (Hesed, Misericordia) y la restrictiva (Gevurah, Severidad), culminando en la realidad concreta manifestada (Malkhut, Reino). En el centro, Tiferet (Belleza) representa el verdadero «yo» en busca de autoexpresión.
El Descenso del Alma y la Necesidad de la Libertad
El ser humano es un reflejo de esta estructura. El alma humana es un rayo de luz divina que desciende a este «mundo de ocultación». Nuestra alma «duerme» en el plano superior, pero su naturaleza, como la de la luz divina, es ser dadora. Para poder ejercer libremente la capacidad de dar, el alma debe descender, un proceso que Madirolas asocia con la parábola del hijo pródigo. La libertad de elección es crucial, haciendo necesario el Mal como el único elemento que permite una libertad genuina.
El Éxodo: Un Mapa de Transformación Interior
Según los cabalistas, la Torá no es solo historia, sino un manual de procesos internos. El relato del Éxodo es un mapa de transformación:
- Egipto (Mitzraim): Simboliza el mundo de los límites y la esclavitud.
- Canaán (Kena’an): La Tierra de la Plenitud, la unidad. El camino es un paso de la dualidad (380, valor numérico de Egipto) a la mitad (190, valor de Canaán).
- El Mar Rojo (Yam Suf): Suf significa «límite». Cruzarlo es la intersección clave donde las fuerzas negativas son sumergidas y recicladas en el subconsciente.
- El Desierto: Los 40 años representan la lección de purificación y la enseñanza universal de Moisés: la revelación de la verdad ocurre en el desierto metafísico, fuera de cualquier tierra específica.
La Meta y el Lenguaje Sagrado
El objetivo final de la Cábala es una conexión personal y directa con lo absoluto. Los sabios creen que la creación se articula a través de la Palabra. El Nombre impronunciable de Dios, el Tetragrammaton (YHVH), se debe a la ausencia de vocales en el hebreo original, lo que es parte del proceso de ocultación. El Nombre es el arquetipo mismo de la creación.
Madirolas recomienda la práctica intensa y el esfuerzo, sugiriendo los trabajos de Aryeh Kaplan sobre meditación cabalística para aquellos interesados en la parte técnica ineludible.